Prontamente, porque nuestros estómagos nos despertaron, nos dirigimos al desayunador, ubicado en el primer piso de un edificio del mismo hostal (que a la vez se describe a sí mismo como hotel). (Nota del editor: el cuarto de los protagonistas está alzado cuatro pisos arriba). Allí los portentos de un desayuno genérico, que disfrutaríamos en otros lares, otros tiempos, aliviaban ansias. Describámoslos brevemente: una repisa en la que descansan entre cinco y seis jarras de café, tres de té y otras tres de jugo de naranja, donde, a su vez, tasas, platos y cubiertos se despliegan para cada huésped; otra mesa en la que reposan quesos y rebanadas de jamones varios y huevos cocidos, a la sazón alemana; una tercer mesa más que convida panes (bolillos y rebanadas), mermeladas y mantequillas empaquetadas. Notamos que muchos invitados hablan en germanio. Ya saciados nos levantamos de la escena, el foco de atención nos sigue y en la recepción tomamos un mapa gratuito de Berlín para el auxilio de nuestros merodeos. Optamos por ir al museo de Pérgamo, que alberga porciones de la ciudad griega fundada por Télefo, hijo de Hércules o Alcides, según sea el caso. La ruta al museo quiso mostrarse complicada, mas unas preguntas aleatorias y de sencilla deducción para los lectores generan el encanto de arribar al lugar deseado. En el museo se exhiben grandes galerías dedicadas, principalmente, al arte clásico, pero también hay muestras de arte oriental. El aula principal alberga la entrada a Pérgamo, que pese a la restauración de diversos magos del cincel y de la minucia, yace ciertamente dañada. Frisos varios describen las batallas entre dioses y gigantes. Evidentemente los primeros derrotan en todo momento a los últimos. Sin embargo, quizá el Azar quiso que ocurriera de otro modo, y una porción aún visible de los frisos corresponde a los gigantes. El visitante se halla, después, ante una decisión. El recorrido en el museo se trifurca. Dos áreas albergan arte clásico mientras que una última se emancipa del fervor germano por los orígenes de lo Occidental, tal área dedica sus pasillos y corredores al arte musulmán y mesopotámico.
Una de las mayores delicias visuales del museo es la Puerta de Ishtar. Dada la altura de la misma el museo sólo alberga la antepuerta. El decorado es suntuoso: ladrillos imbricados en azul, lapislázuli y amarillo que, si lo manifiestan, varían su entramado para formar relieves que simulan al rey felino. Inspirado en dicha antepuerta, Robert Reynolds elaboró un automóvil de mosaicos que luce ornamentos similares a los mostrados, un sedán titulado como Chariot of Nebuchadnezzar II o la Carroza de Nabucodonosor II. Alguien llegó a describir el arte otomano, que sin duda se codeó de ancestros mesopotámicos, como una “pradera de azulejos”. Posteriormente se hallan tapetes islámicos. Geométricos y uniformes despliegan un conjunto vario que describen escenas distintas. Así aprenderíamos que los musulmanes introdujeron en su mitología el culto del fénix y del tigre. Se exhiben, además, páginas y ediciones del Libro Noble, o el Qu’ran que nuestro hispánico afán nombró, ha tiempo, Corán. Según la doctrina el escriba representaba el pináculo de la sociedad musulmana pues él transcribía la palabra divina en la palabra profana. Todas las artes, por lo tanto, rendían tributo a la escritura. Gustos de la arquitectura, como porciones de mezquitas o recámaras de madera, cubren los espacios del museo. Nos preguntamos, entonces, si hombres de dicha naturaleza soñaron con esa hechicera que noche a noche narra al rey el cuento del momento. Vaya hecho el que una mujer detenga el impulso asesino del mandatario por medio de la palabra, como si Dios le hablara al hombre y templara su sed violenta. Nos contestamos nosotros mismos.
El aula principal, donde se encuentra la entrada a Pérgamo, es muy elaborada. Una escalinata permite el acceso al área más pequeña de la exhibición pero, sin duda, no la menos sorprendente. En ella se describen las aventuras que Télefo, hijo de Hércules o Alcides, según sea el caso (Nota del editor: ¿por qué repetirlo?) vivió, desde su arribo al puerto del lugar que años después sería la ciudad hasta la fundación de la urbe. Un mosaico, en el centro del suelo, muestra lo trabajoso: un ave se posa en una piedra. Ambos proyectan una sombra y el artista no olvidó incluirlas.
Otra de las aulas (que no podemos llamar primera, segunda o tercera porque el orden varía según el ojo) reparte los dones de la escultura. Allá encontrará el curioso las fases y cuerpos de Praxíteles como su famosa Afrodita, que para el tiempo suscitó impacto al ser la primera estatua femenina completamente desnuda. Autores varios nos legaron representaciones de Sócrates, Séneca, Epicuro, Epicteto, Apolo, Hera, Zeus. Podemos admirar no sólo personalidades del mundo clásico sino escenas de vida cotidiana: bodas, compras, epitafios. Algunas otras nos permiten el vislumbre de lo hermoso: una estatua carente de brazos y cara que luce la pierna derecha posada sobre una piedra se alza, ufana, ante nosotros. Los pliegues en su vestido y la postura conceden la imaginación, permitiéndonos ese espacio meditativo en el que nos preguntamos qué pensó su creador al plasmar de tal modo dicha estatua. Los museos en la Europa son largos y caros. Pero la experiencia amerita la oportunidad. Luego habríamos de recorrer las calles de Berlín, para conseguir los sagrados alimentos del día. Era menester regresar a Colonia porque los amigos nos esperaban. Y con ellos la joya del reencuentro.
¡Extra!
Tras unos días de levedad hallamos el momento idóneo para actualizar las entradas de la bitácora y añadir unas fotografías de sumo interés. Helas aquí:
En la Puerta, además, se edificó el Cuarto del Silencio, que porta el Lema de la Unión Europea (un bello pensamiento, para aquel que sepa apreciarlo). Como lo ha dicho Borges "el candor de los hombres no tiene fin", los haceres inherentes en nuestra especie (cuya cima, lamentablemente, ocupa la violencia) han enmarcado al género en un red de conflictos de tortuosa senda. En tal espacio uno puede meditar al respecto de la atrocidad humana que, sin duda, ocasionó ha años el tercer Reich y sus seguidores o detractores cuya afiliación no exenta su carencia de malicia (¿cómo hablar al respecto, sin embargo, de Stallin?). Asombrosamente la entrada a dicho ámbito es gratuita. ¿Debería cobrar la beneficiencia pública para un espacio apto para la meditación?
Poco antes de nuestra despedida de la capital germana encontramos estos muros. Nuestras mentes se abren a los torbellinos del ayer y, no sin turbación, nos encaminamos a una trecha, afortundamente auxiliada por un jazzman en domingo, a Köln.
Edu's ripio:
ResponderEliminarCarnalillo, querido amigo, ¡más fotos por favor!
Que lugares tan impactantes, que belleza de esculturas, que caray, ansío ver más de lo que has visto, un saludo, amigo.