Correspondiente al 14 de diciembre de 2009
Ante el encuentro de una gata ensoñada con la exploración y un insecto vagabundo la primera cuerda reverbera. ¿Cómo comienza un viaje y hacia qué punto termina?
Cuentan las lenguas populares que en el barrio de Kiff, nombrado así por la resonancia que un periodista signó en su tiempo, una familia monta un nacimiento en el momento oportuno. En ello deposita justa porción de empeño y energía. Es un nacimiento poco usual. No consta del pecebre omnipresente ni de los personajes habituales sino, además, añade muchas minucias. Esta composición contiene grabaciones que recrean episodios bíblicos, el entremado por entero está coordinado de tal modo que cuando la grabación alcanza tal punto se recree una escena en particular. Así, con gala de ingenio, la familia que monta un nacimiento inusual en un barrio de Kiff atrae la atención local de una comunidad. Cumpliremos ocho meses en la villa Kiff este próximo 23 de diciembre y es la primera vez, como el reverberamiento de la primera cuerda, en que mostramos a un grupo muy selecto espejismos como estos.
Del otro lado del océano encontramos la disposición de un preparado en el que observamos la sistematización de cualquier pequeñez. Primacías de este mundo coetáneo (contemporáneo) que reparte en partes equidistantes los alimentos sintéticos. Repartidos en porciones cuadradas encontramos las vituallas de modo específico; este orden quizá incomode a la tradición.)
Mientras tanto, en mínimo reposo –lo que para entendimientos prácticos se conoce como escala-, arribamos al aeropuerto más grande de nuestro destino, la Europa –según nos informan- y encontramos a una voz del pasado. Y el azar, así lo ha deseado, nos junta con Maja que ha volado al mismo sitio y que, también durante una escala, reposa momentáneamente. De origen polaco y afanosa en hispanicidad Maja ha disfrutado lo español coloquial en México y, devota de la letra, ha escuchado a los profesores de su elección. De pronto solicita un tabaco; entre ella y nuestro colaborador, coprotagonista de The 38 Strings, se comparte la nicotina en un compartimiento elaborado específicamente para tal propósito. Nos preguntamos cómo el ansia propicia aquellos pormenores. Una cabina para el cigarro. Vaya. En la estación indicada cruzamos la mirada con muchos orígenes y nos preguntamos, también, qué motivos los han encaminado hasta acá.
Nos topamos con cierto incoveniente. Al arribar a nuestro destino no nos hallamos Alma ni nosotros. Bastará una introducción para que conozcamos un poco de Alma. Ella es la madre en una familia afecta a la risa y a los canes de pequeña envergadura, que disfruta de tiempo en tiempo de la música clásica, de la pintura contemporánea y practica la mudanza convencionalmente. Antes, cerca de la tierra de los Patanes – se pensará de modo injusto que allá yacen los imbéciles y ello no es del todo cierto. Nuestros ancestros hispánicos los nombraron así debido a la semejanza de los pies tribales con los pies de las fascinaciones. Su pie sólo podía ser nombrado patón, el de la pata ancha-, la familia compartía su ocio y su negocio. Allá merodeamos alguna vez. Ahora, gracias a su hospitabilidad, disfrutamos un poco de aquel ocio en el septentrión del mundo. Pronto el azar, también lo quiso así, hallamos a Alma y la aparente angustia se difuminó. Divisamos la Catedral de Köln, constructo gótico que data de (falta referencia). Llegó a ser el pináculo del cosmos. Poco después algún ingenioso ingeniero, o un nuevo Eróstrato (falta referencia de arquitecto famoso) levantó un obelisco mayor y grabó su párrafos en los Anales. Pero ello es otra historia y debe ser contada en otro momento. En esta catedral admirados dos pórticos cerrados y una entrada principal, igualmente cerrada en la que, por obra del azar, un grupo de seis o siete personas (olvidamos detalles tales como el cómputo de feligreces) canta villancicos para el público y si éste escande calidez les regala la moneda de su elección. En la catedral de Köln la vista divisa una torre que, entre cálculos y memorias, supera la centena de metros. La catedral bordea la plaza de la Estación Central de Köln (Haupbhanhof: Hbf). Cerca un mercado navideño vende vituallas típicas. Allí, a la gesta de bienvenida, como lo hacen las comunas humanas en su precisión, Alma nos convida un vino caliente, Gluhwein. Vino tino adosamente cálido. El frío se describe como un continuo aire acondicionado. Como si el calor fuese tal que el mantener dicho aparato encendido simulara la sensatez. Otros cuerpos se helarían en estas latitudes. Soportamos el auspicio del tiempo.
Allí Luis, coprotagonista, ordena una salchicha típica y la consume sin añadidos. Alguien más pide un Backfish, pescado sofrito en aceite hirviendo, con cubierta crujiente, ornamentado con la salsa que nuestro paladar refiera. Se elige (aunque no por si sola) la mostaza con cítrico y, plácidamente, la repartidora entrega el portento. Engullésele (aunque no por si solo). Un ¡salud! en español –no en germánico- se escucha entre voces y risas (los lamentos acordaron descansar este día del señor). Alma entra en ambiente. Luis, coprotagonista, se une al vaho del festejo. La sobriedad se posa en otro de los comensales. Decididos a sentar descanso por hoy parten a casa. El recorrido basta para el poema. Todo es nuevo y ha de ser nombrado. Imágenes que aún no contemplaban los ojos de un grupo muy selecto, como en aquella campaña que Alejandro, el Grande, realizaba en esa India védica, región que compartía con el prehispánico territorio una característica notable: la rendición de favores a los excelsos, de otro modo llamados dioses, representaba tal importancia que, de no ejecutarla, el universo colapsaría. En la estación de trenes se notan inmediatamente las diferencias respecto a nuestro L.O. (Lugar de origen. Nota del editor ocioso: nos reclamarán ciertas voces la elección, quizá inapropiada, de tal sitio. Seamos parciales y evitemos los malentendidos. Referimos que todo lugar de origen ocasiona sucesiones y que, como padre y madre, hereda sus genealidades a los suyos.). Allí las estaciones carecen de imagen y todas se conocen a través de la letra. Los horadios de cada viaje, de igual modo, se miran en una tabla que contiene un vasto seriado. Quizá los nuestros, que aún no son devotos de la letra, perderían su destino aquí, entre signos no visuales. Propaganda aleatoria (¿qué hombre o qué mujer realizará el oficio del cambio de carteles?) decora las paredes del subterráneo (llamado Ubhan). Los trenes, sin embargo, se distancian por completo de los que conocemos. En estos transportes los asientos parecen más agradables a la vista y, sin duda, al tacto. Las agarraderas no comparten el calor de las masas que devotamente las tocan y depositan el sudor de sus extremidades, en especial las manos. Hay ventanas amplias y puertas que permiten una entrada calmada. Los graffitis parecen aletargarse en estos transportes. Pantallas electrónicas indican la estación inmediata. En una caja roja se deposita el pago del viajero. No obstante, la fiesta –este comentario bastó para un pequeño debate entre los protagonistas de The 38 Strings- no visita a estos trenes.
Acudamos a nuestros espectros (las imágenes que los otros tienen de nosotros mismos) y sin necesidad de prolegómenos esperemos la próxima entrada en el Cuerdorium.
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