El desayuno es el alimento más importante del día comenta la sabiduría popular. Comemos los sagrados alimentos y optamos por la aventura. Pero ¿qué implica la aventura? ¿Implica tan sólo encaminarse a la posibilidad, cualesquiera que ésta sea, sin previo aviso? Los viajeros de antaño así impulsaron su ánimo; mas ahora los contemporáneos, adaptados a otras circunstancias, ancoraje que mantiene vivo un espíritu de aparente confort, caminamos mucho menos hasta nuestros destinos. Se dice que un hombre promedio camina menos de veinticinco kilómetros diarios, tal cifra indica el cambio que la especie ha sentido, pues el desplazo ante las distancias continuamente se transforma. Gracias a los movimientos la evolución se ha consentido. Quizá sin ello en mente Alma nos conduce por la vasta red de trenes de Köln (Colonia) y uno de los protagonistas de The 38 Strings se sorprende. Tan solo una ciudad en la Germania tiene más estaciones que en la capital del país que nos vio nacer. Comentamos, en nuestras imaginaciones, que si trasladáramos el sistema local al propio la confusión se incrementaría sin medición posible. Ocurre que en este sistema los trenes varían tanto de velocidad como de tamaño y destino, por ejemplo para transportarse entre pequeñas distancias se aborda un tren particular mientras que para trasladarse de ciudad en ciudad se aborda un tren de velocidad rápida que incluye red inalámbrica a internet (sin embargo no funcionó en nuestro compilador amistoso), una bebida y otras variables. Se pensará que la gran mayoría de los pasajeros hablan el germano. Ello nos impidió disfrutar de la libación que acaso necesitábamos. Además el sistema local tiene una distribución de horarios muy diferente de la propia. En el país que nos vio nacer observamos que el Sistema de Transporte Colectivo sólo se encuentra completamente funcional en la capital (en Monterrey, por ejemplo, aún no opera a máxima eficiencia) y en parte del Estado que recubre al distrito. Las estaciones tienen un nombre y una imagen. En la Germania las estaciones se singularizan por sus nombres, carecen de imágenes que las identifiquen, los tabloides que incluyen los horarios son largos y de engorrosa capitulación, a tal punto que aquel individuo que no sepa leer podrá ser acompañado por la dificultad. Otro punto notable es que los horarios ferroviarios se cambian cada seis meses mientras que en la ciudad parece como si la eternidad hubiera hechizado al metro; jamás varía su rumbo.
Por obra del azar nuestro tren se retrasó y arribamos 55 minutos tarde a la estación Ausgburg. Ahí esperamos una hora más un nuevo tren, entre fríos, ilusiones musicales y la vista pintoresca del entorno y de sus pueblerinos, cada uno de ellos bordeado por una mitología personal imposible de paginar dada la segregación que las lenguas ocasionan. En Ausgburg, algo desorientados, abordamos otro tren más. Los pasajeros nos observan, indiferentes, sin magia, sin la frescura que ocasiona lo exótico. Nosotros los observamos de vez en vez con radical puntualidad y sin gestar en ellos paranoia. Preguntamos, mínimamente tímidos, si este tren nos lleva a Füssen, la localidad a la que nos dirigimos, y nos informan que sí. Después, cuando se baja una amplia comitiva, preguntamos por segunda ocasión y nos responden voces jóvenes que uno aledaño nos conduce allá, al salir a la intemperie en medio de la estación el frío nos abraza y sentimos la estabilidad aún engarzados por la helada. Confunden a uno de los protagonistas de The 38 Strings como un habitante local y le hablan en el idioma. Ignora cualquier fonema del brevísimo acercamiento y el demandante lo nota al instante alejándose entre un sorry y la audible tonada de su reproductor de mp3. Abordamos según las indicaciones, notamos que la calidad de este tren y del anterior que se dirigen a localidades menores es distinta a la de aquellos veloces. Una gentil mujer comparte unas palabras en inglés y entendemos que Füssen está cerca. Notaríamos alla, conforme el paso de los días (comenta un maestro consagrado que los nórdicos medían su tiempo por inviernos debido al rigor que en ellos ocasionaba tal estación), que los residentes desconocen la lengua que ahora es universal, se mantienen en un germanio de pequeña envergadura, felices en una ciudad resguardada por los alpes. Füssen tiene fama reverberante en los destinos por los afanes de Ludwig II, rey de la Baviera en el siglo XIX, que sólo pudo mantenerse en el poder por dos años y que, pese a ello, mandó a construir las magnificencias que atraen a todo tipo de viajeros. Salimos de la estación de trenes, acorde al tamaño de la villa y la concurrencia que pudiera gestarse en aras de la expansión, y observamos que el Centro para Turistas está abierto. Decide Luis, protagonista de The 38 Strings, que es preferible incitar al misterio y evitar la seguridad, consultamos la libreta con apuntes precisos y nos encaminamos a encontrar el primer hostal en el recorrido. Vaya. Nos toma cerca de dos horas arribar al destino. Vemos a los locales comunicarse entre sí, pasar, reír, incluso cantar y burlarse de nosotros (ello se debe a que uno de los protagonistas de esta parodia de Hitchcock notó cómo un grupo de oriundos dijo dos veces la misma frase y luego se mofó, ya que éramos nosotros los más cercanos a su mensaje inferimos su sorna); preguntamos de vez en vez dónde se encuentra la calle de nuestro anhelo y comprendemos que como Füssen es una villa chica, sin aludir a la serie televisiva de dudosa calidad y de abrumadora popularidad, los habitantes no hablan el inglés, por lo que debemos acudir a la astucia y al ingenio y arreglárnoslas con pocas palabras de alemán y un lenguaje improvisado al momento en el que la seña es la vía para simbolismos. Piensa entonces un protagonista de la película cómo se habrán comunicado los de antaño, los antiguos, de qué modo acudían al acercamiento a la otredad, hacia aquel que no es yo ni que eres tú sino que es todos ellos a la vez: nosotros. La gentilidad no se arrincona en Füssen, pese a los tropiezos que cometimos para hallar el hostal un grupo aleatorio de personas nos indican qué hacer en casos como este. Ahorramos aquí una angustia previsible a los lectores. Y dijimos: “hubiéramos preguntado en el Centro de Turistas”. En fin, tras el mal rato, en medio de una gélida niebla, llegamos a la calle que mostraba los apuntes de la libreta y ahí nos recibe una rubia muy joven. Nos invita a ver televisión con alguno de sus familiares (que evitó el cruce de palabras aún con un par de hallos de parte nuestra). Más tarde arriba un señor que sabe saludar en español e inferimos que debemos acompañarle pues nos han dicho que nos conducirán al hostal al que debimos haber llegado en coche y sin coste alguno. ¡Viva! Justo cuando las hormigas ya ponían su color en las cosas. Compartimos unas breves prestaciones lingüísticas en el carro, entra la rubia que nos atendió y partimos. Füssen es un lugar minúsculo. El trayecto dura escasos tres minutos. Ubicamos el centro de la ciudad y algunos puntos de interés, como el Hotel Hirsch. “¿Hirsch? Sí, el mismo. El gordito simpático” (Nota del editor detallista). Entramos al hostal y algo más tranquilos dejamos objetos varios al cuidado de una llave característica.






Partimos al centro de Füssen. A las ocho de la noche ya estaba vacío, acaso algún inquilino lo merodeaba o algún turista lo recorría. Nos ubicamos en la segunda categoría y decididos a consumir una golosina entramos en un café concurrido para los estándares de la villa (este café reunía a unas ocho personas, un perro, dos baños y una mesera).


Notamos que la comida no está disponible dada la hora. Así que evitamos lo previsible y ordenamos los sabrosos Gluhweins de ayer. Estos son servidos con mayor complacencia para los viajeros. Los protagonistas de The 38 Strings conversan sobre temas varios, desde la compilación de Biblias en el Medievo hasta el hecho que un perro esté en un café, toman sus bebidas y se marchan. Continúan recorriendo el entorno, divisan hermosuras arquitectónicas, excéntricas para sus gustos y por ello atrayentes, observan montículos de nieve que la mano del hombre reunió. Una suerte de azar nos permite llamar a Alma y comunicarle los sinsabores y los cúlmenes del día. Retornamos al hostal pero algo nos detiene:
Por obra del azar nuestro tren se retrasó y arribamos 55 minutos tarde a la estación Ausgburg. Ahí esperamos una hora más un nuevo tren, entre fríos, ilusiones musicales y la vista pintoresca del entorno y de sus pueblerinos, cada uno de ellos bordeado por una mitología personal imposible de paginar dada la segregación que las lenguas ocasionan. En Ausgburg, algo desorientados, abordamos otro tren más. Los pasajeros nos observan, indiferentes, sin magia, sin la frescura que ocasiona lo exótico. Nosotros los observamos de vez en vez con radical puntualidad y sin gestar en ellos paranoia. Preguntamos, mínimamente tímidos, si este tren nos lleva a Füssen, la localidad a la que nos dirigimos, y nos informan que sí. Después, cuando se baja una amplia comitiva, preguntamos por segunda ocasión y nos responden voces jóvenes que uno aledaño nos conduce allá, al salir a la intemperie en medio de la estación el frío nos abraza y sentimos la estabilidad aún engarzados por la helada. Confunden a uno de los protagonistas de The 38 Strings como un habitante local y le hablan en el idioma. Ignora cualquier fonema del brevísimo acercamiento y el demandante lo nota al instante alejándose entre un sorry y la audible tonada de su reproductor de mp3. Abordamos según las indicaciones, notamos que la calidad de este tren y del anterior que se dirigen a localidades menores es distinta a la de aquellos veloces. Una gentil mujer comparte unas palabras en inglés y entendemos que Füssen está cerca. Notaríamos alla, conforme el paso de los días (comenta un maestro consagrado que los nórdicos medían su tiempo por inviernos debido al rigor que en ellos ocasionaba tal estación), que los residentes desconocen la lengua que ahora es universal, se mantienen en un germanio de pequeña envergadura, felices en una ciudad resguardada por los alpes. Füssen tiene fama reverberante en los destinos por los afanes de Ludwig II, rey de la Baviera en el siglo XIX, que sólo pudo mantenerse en el poder por dos años y que, pese a ello, mandó a construir las magnificencias que atraen a todo tipo de viajeros. Salimos de la estación de trenes, acorde al tamaño de la villa y la concurrencia que pudiera gestarse en aras de la expansión, y observamos que el Centro para Turistas está abierto. Decide Luis, protagonista de The 38 Strings, que es preferible incitar al misterio y evitar la seguridad, consultamos la libreta con apuntes precisos y nos encaminamos a encontrar el primer hostal en el recorrido. Vaya. Nos toma cerca de dos horas arribar al destino. Vemos a los locales comunicarse entre sí, pasar, reír, incluso cantar y burlarse de nosotros (ello se debe a que uno de los protagonistas de esta parodia de Hitchcock notó cómo un grupo de oriundos dijo dos veces la misma frase y luego se mofó, ya que éramos nosotros los más cercanos a su mensaje inferimos su sorna); preguntamos de vez en vez dónde se encuentra la calle de nuestro anhelo y comprendemos que como Füssen es una villa chica, sin aludir a la serie televisiva de dudosa calidad y de abrumadora popularidad, los habitantes no hablan el inglés, por lo que debemos acudir a la astucia y al ingenio y arreglárnoslas con pocas palabras de alemán y un lenguaje improvisado al momento en el que la seña es la vía para simbolismos. Piensa entonces un protagonista de la película cómo se habrán comunicado los de antaño, los antiguos, de qué modo acudían al acercamiento a la otredad, hacia aquel que no es yo ni que eres tú sino que es todos ellos a la vez: nosotros. La gentilidad no se arrincona en Füssen, pese a los tropiezos que cometimos para hallar el hostal un grupo aleatorio de personas nos indican qué hacer en casos como este. Ahorramos aquí una angustia previsible a los lectores. Y dijimos: “hubiéramos preguntado en el Centro de Turistas”. En fin, tras el mal rato, en medio de una gélida niebla, llegamos a la calle que mostraba los apuntes de la libreta y ahí nos recibe una rubia muy joven. Nos invita a ver televisión con alguno de sus familiares (que evitó el cruce de palabras aún con un par de hallos de parte nuestra). Más tarde arriba un señor que sabe saludar en español e inferimos que debemos acompañarle pues nos han dicho que nos conducirán al hostal al que debimos haber llegado en coche y sin coste alguno. ¡Viva! Justo cuando las hormigas ya ponían su color en las cosas. Compartimos unas breves prestaciones lingüísticas en el carro, entra la rubia que nos atendió y partimos. Füssen es un lugar minúsculo. El trayecto dura escasos tres minutos. Ubicamos el centro de la ciudad y algunos puntos de interés, como el Hotel Hirsch. “¿Hirsch? Sí, el mismo. El gordito simpático” (Nota del editor detallista). Entramos al hostal y algo más tranquilos dejamos objetos varios al cuidado de una llave característica.
Partimos al centro de Füssen. A las ocho de la noche ya estaba vacío, acaso algún inquilino lo merodeaba o algún turista lo recorría. Nos ubicamos en la segunda categoría y decididos a consumir una golosina entramos en un café concurrido para los estándares de la villa (este café reunía a unas ocho personas, un perro, dos baños y una mesera).
Notamos que la comida no está disponible dada la hora. Así que evitamos lo previsible y ordenamos los sabrosos Gluhweins de ayer. Estos son servidos con mayor complacencia para los viajeros. Los protagonistas de The 38 Strings conversan sobre temas varios, desde la compilación de Biblias en el Medievo hasta el hecho que un perro esté en un café, toman sus bebidas y se marchan. Continúan recorriendo el entorno, divisan hermosuras arquitectónicas, excéntricas para sus gustos y por ello atrayentes, observan montículos de nieve que la mano del hombre reunió. Una suerte de azar nos permite llamar a Alma y comunicarle los sinsabores y los cúlmenes del día. Retornamos al hostal pero algo nos detiene:
Ripios a la contemplación de la nieve
Oh, magníficos cristales que silenciosos proyectan su luz,
Albedo rielante.
Nieve. La misma palabra ya evoca la pureza.
Franqueza del clima preciso que no incurre en superioridad
Ni defiende ante otras estaciones la aparente tristeza que el invierno brinda
Sino, impertérrita, se postra en las regiones de su elección.
Minucias comprimidas por fuerzas que ahora ignoro
Y que sólo me asombran
Porque la simple pisada en la nieve ya invoca la imaginación de quienes
Aún no habían visto la blancura del elemento
Que los incita al jugueteo, a la curiosidad, a la acción infantil, a la sonrisa
A la primera sensación
Como cuando miramos ese rostro formidable y, silenciosos también, le proyectamos luz.
Gélidas quietudes que sugieren lo tenue de la escarcha, caricia fría para el insensible, aquel incapaz de la contemplación que busca la costumbre de su tiempo y al realizar tal imposibilidad se retira al espacio propicio de las paredes.
Ah, nieve, mis palabras no te ciñen, no consienten tu sorpresa inmediata
Pero la insuficiencia indica el primer paso para uno de múltiples poemas,
Versos que varían según las estaciones.
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