A Jacqu'lynn, firmamento.

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miércoles, diciembre 17, 2008

La segunda cuerda

Correspondiente al lunes 15 de diciembre, 2008






El desayuno es el alimento más importante del día comenta la sabiduría popular. Comemos los sagrados alimentos y optamos por la aventura. Pero ¿qué implica la aventura? ¿Implica tan sólo encaminarse a la posibilidad, cualesquiera que ésta sea, sin previo aviso? Los viajeros de antaño así impulsaron su ánimo; mas ahora los contemporáneos, adaptados a otras circunstancias, ancoraje que mantiene vivo un espíritu de aparente confort, caminamos mucho menos hasta nuestros destinos. Se dice que un hombre promedio camina menos de veinticinco kilómetros diarios, tal cifra indica el cambio que la especie ha sentido, pues el desplazo ante las distancias continuamente se transforma. Gracias a los movimientos la evolución se ha consentido. Quizá sin ello en mente Alma nos conduce por la vasta red de trenes de Köln (Colonia) y uno de los protagonistas de The 38 Strings se sorprende. Tan solo una ciudad en la Germania tiene más estaciones que en la capital del país que nos vio nacer. Comentamos, en nuestras imaginaciones, que si trasladáramos el sistema local al propio la confusión se incrementaría sin medición posible. Ocurre que en este sistema los trenes varían tanto de velocidad como de tamaño y destino, por ejemplo para transportarse entre pequeñas distancias se aborda un tren particular mientras que para trasladarse de ciudad en ciudad se aborda un tren de velocidad rápida que incluye red inalámbrica a internet (sin embargo no funcionó en nuestro compilador amistoso), una bebida y otras variables. Se pensará que la gran mayoría de los pasajeros hablan el germano. Ello nos impidió disfrutar de la libación que acaso necesitábamos. Además el sistema local tiene una distribución de horarios muy diferente de la propia. En el país que nos vio nacer observamos que el Sistema de Transporte Colectivo sólo se encuentra completamente funcional en la capital (en Monterrey, por ejemplo, aún no opera a máxima eficiencia) y en parte del Estado que recubre al distrito. Las estaciones tienen un nombre y una imagen. En la Germania las estaciones se singularizan por sus nombres, carecen de imágenes que las identifiquen, los tabloides que incluyen los horarios son largos y de engorrosa capitulación, a tal punto que aquel individuo que no sepa leer podrá ser acompañado por la dificultad. Otro punto notable es que los horarios ferroviarios se cambian cada seis meses mientras que en la ciudad parece como si la eternidad hubiera hechizado al metro; jamás varía su rumbo.

Por obra del azar nuestro tren se retrasó y arribamos 55 minutos tarde a la estación Ausgburg. Ahí esperamos una hora más un nuevo tren, entre fríos, ilusiones musicales y la vista pintoresca del entorno y de sus pueblerinos, cada uno de ellos bordeado por una mitología personal imposible de paginar dada la segregación que las lenguas ocasionan. En Ausgburg, algo desorientados, abordamos otro tren más. Los pasajeros nos observan, indiferentes, sin magia, sin la frescura que ocasiona lo exótico. Nosotros los observamos de vez en vez con radical puntualidad y sin gestar en ellos paranoia. Preguntamos, mínimamente tímidos, si este tren nos lleva a Füssen, la localidad a la que nos dirigimos, y nos informan que sí. Después, cuando se baja una amplia comitiva, preguntamos por segunda ocasión y nos responden voces jóvenes que uno aledaño nos conduce allá, al salir a la intemperie en medio de la estación el frío nos abraza y sentimos la estabilidad aún engarzados por la helada. Confunden a uno de los protagonistas de The 38 Strings como un habitante local y le hablan en el idioma. Ignora cualquier fonema del brevísimo acercamiento y el demandante lo nota al instante alejándose entre un sorry y la audible tonada de su reproductor de mp3. Abordamos según las indicaciones, notamos que la calidad de este tren y del anterior que se dirigen a localidades menores es distinta a la de aquellos veloces. Una gentil mujer comparte unas palabras en inglés y entendemos que Füssen está cerca. Notaríamos alla, conforme el paso de los días (comenta un maestro consagrado que los nórdicos medían su tiempo por inviernos debido al rigor que en ellos ocasionaba tal estación), que los residentes desconocen la lengua que ahora es universal, se mantienen en un germanio de pequeña envergadura, felices en una ciudad resguardada por los alpes. Füssen tiene fama reverberante en los destinos por los afanes de Ludwig II, rey de la Baviera en el siglo XIX, que sólo pudo mantenerse en el poder por dos años y que, pese a ello, mandó a construir las magnificencias que atraen a todo tipo de viajeros. Salimos de la estación de trenes, acorde al tamaño de la villa y la concurrencia que pudiera gestarse en aras de la expansión, y observamos que el Centro para Turistas está abierto. Decide Luis, protagonista de The 38 Strings, que es preferible incitar al misterio y evitar la seguridad, consultamos la libreta con apuntes precisos y nos encaminamos a encontrar el primer hostal en el recorrido. Vaya. Nos toma cerca de dos horas arribar al destino. Vemos a los locales comunicarse entre sí, pasar, reír, incluso cantar y burlarse de nosotros (ello se debe a que uno de los protagonistas de esta parodia de Hitchcock notó cómo un grupo de oriundos dijo dos veces la misma frase y luego se mofó, ya que éramos nosotros los más cercanos a su mensaje inferimos su sorna); preguntamos de vez en vez dónde se encuentra la calle de nuestro anhelo y comprendemos que como Füssen es una villa chica, sin aludir a la serie televisiva de dudosa calidad y de abrumadora popularidad, los habitantes no hablan el inglés, por lo que debemos acudir a la astucia y al ingenio y arreglárnoslas con pocas palabras de alemán y un lenguaje improvisado al momento en el que la seña es la vía para simbolismos. Piensa entonces un protagonista de la película cómo se habrán comunicado los de antaño, los antiguos, de qué modo acudían al acercamiento a la otredad, hacia aquel que no es yo ni que eres tú sino que es todos ellos a la vez: nosotros. La gentilidad no se arrincona en Füssen, pese a los tropiezos que cometimos para hallar el hostal un grupo aleatorio de personas nos indican qué hacer en casos como este. Ahorramos aquí una angustia previsible a los lectores. Y dijimos: “hubiéramos preguntado en el Centro de Turistas”. En fin, tras el mal rato, en medio de una gélida niebla, llegamos a la calle que mostraba los apuntes de la libreta y ahí nos recibe una rubia muy joven. Nos invita a ver televisión con alguno de sus familiares (que evitó el cruce de palabras aún con un par de hallos de parte nuestra). Más tarde arriba un señor que sabe saludar en español e inferimos que debemos acompañarle pues nos han dicho que nos conducirán al hostal al que debimos haber llegado en coche y sin coste alguno. ¡Viva! Justo cuando las hormigas ya ponían su color en las cosas. Compartimos unas breves prestaciones lingüísticas en el carro, entra la rubia que nos atendió y partimos. Füssen es un lugar minúsculo. El trayecto dura escasos tres minutos. Ubicamos el centro de la ciudad y algunos puntos de interés, como el Hotel Hirsch. “¿Hirsch? Sí, el mismo. El gordito simpático” (
Nota del editor detallista). Entramos al hostal y algo más tranquilos dejamos objetos varios al cuidado de una llave característica.










Partimos al centro de Füssen. A las ocho de la noche ya estaba vacío, acaso algún inquilino lo merodeaba o algún turista lo recorría. Nos ubicamos en la segunda categoría y decididos a consumir una golosina entramos en un café concurrido para los estándares de la villa (este café reunía a unas ocho personas, un perro, dos baños y una mesera).






Notamos que la comida no está disponible dada la hora. Así que evitamos lo previsible y ordenamos los sabrosos Gluhweins de ayer. Estos son servidos con mayor complacencia para los viajeros. Los protagonistas de The 38 Strings conversan sobre temas varios, desde la compilación de Biblias en el Medievo hasta el hecho que un perro esté en un café, toman sus bebidas y se marchan. Continúan recorriendo el entorno, divisan hermosuras arquitectónicas, excéntricas para sus gustos y por ello atrayentes, observan montículos de nieve que la mano del hombre reunió. Una suerte de azar nos permite llamar a Alma y comunicarle los sinsabores y los cúlmenes del día. Retornamos al hostal pero algo nos detiene:

Ripios a la contemplación de la nieve

Oh, magníficos cristales que silenciosos proyectan su luz,
Albedo rielante.
Nieve. La misma palabra ya evoca la pureza.
Franqueza del clima preciso que no incurre en superioridad
Ni defiende ante otras estaciones la aparente tristeza que el invierno brinda
Sino, impertérrita, se postra en las regiones de su elección.
Minucias comprimidas por fuerzas que ahora ignoro
Y que sólo me asombran
Porque la simple pisada en la nieve ya invoca la imaginación de quienes
Aún no habían visto la blancura del elemento
Que los incita al jugueteo, a la curiosidad, a la acción infantil, a la sonrisa
A la primera sensación
Como cuando miramos ese rostro formidable y, silenciosos también, le proyectamos luz.
Gélidas quietudes que sugieren lo tenue de la escarcha, caricia fría para el insensible, aquel incapaz de la contemplación que busca la costumbre de su tiempo y al realizar tal imposibilidad se retira al espacio propicio de las paredes.
Ah, nieve, mis palabras no te ciñen, no consienten tu sorpresa inmediata
Pero la insuficiencia indica el primer paso para uno de múltiples poemas,
Versos que varían según las estaciones.



La primera cuerda


Correspondiente al 14 de diciembre de 2009


Ante el encuentro de una gata ensoñada con la exploración y un insecto vagabundo la primera cuerda reverbera. ¿Cómo comienza un viaje y hacia qué punto termina?



Cuentan las lenguas populares que en el barrio de Kiff, nombrado así por la resonancia que un periodista signó en su tiempo, una familia monta un nacimiento en el momento oportuno. En ello deposita justa porción de empeño y energía. Es un nacimiento poco usual. No consta del pecebre omnipresente ni de los personajes habituales sino, además, añade muchas minucias. Esta composición contiene grabaciones que recrean episodios bíblicos, el entremado por entero está coordinado de tal modo que cuando la grabación alcanza tal punto se recree una escena en particular. Así, con gala de ingenio, la familia que monta un nacimiento inusual en un barrio de Kiff atrae la atención local de una comunidad. Cumpliremos ocho meses en la villa Kiff este próximo 23 de diciembre y es la primera vez, como el reverberamiento de la primera cuerda, en que mostramos a un grupo muy selecto espejismos como estos.

Del otro lado del océano encontramos la disposición de un preparado en el que observamos la sistematización de cualquier pequeñez. Primacías de este mundo coetáneo (contemporáneo) que reparte en partes equidistantes los alimentos sintéticos. Repartidos en porciones cuadradas encontramos las vituallas de modo específico; este orden quizá incomode a la tradición.)

Mientras tanto, en mínimo reposo –lo que para entendimientos prácticos se conoce como escala-, arribamos al aeropuerto más grande de nuestro destino, la Europa –según nos informan- y encontramos a una voz del pasado. Y el azar, así lo ha deseado, nos junta con Maja que ha volado al mismo sitio y que, también durante una escala, reposa momentáneamente. De origen polaco y afanosa en hispanicidad Maja ha disfrutado lo español coloquial en México y, devota de la letra, ha escuchado a los profesores de su elección. De pronto solicita un tabaco; entre ella y nuestro colaborador, coprotagonista de The 38 Strings, se comparte la nicotina en un compartimiento elaborado específicamente para tal propósito. Nos preguntamos cómo el ansia propicia aquellos pormenores. Una cabina para el cigarro. Vaya. En la estación indicada cruzamos la mirada con muchos orígenes y nos preguntamos, también, qué motivos los han encaminado hasta acá.

Nos topamos con cierto incoveniente. Al arribar a nuestro destino no nos hallamos Alma ni nosotros. Bastará una introducción para que conozcamos un poco de Alma. Ella es la madre en una familia afecta a la risa y a los canes de pequeña envergadura, que disfruta de tiempo en tiempo de la música clásica, de la pintura contemporánea y practica la mudanza convencionalmente. Antes, cerca de la tierra de los Patanes – se pensará de modo injusto que allá yacen los imbéciles y ello no es del todo cierto. Nuestros ancestros hispánicos los nombraron así debido a la semejanza de los pies tribales con los pies de las fascinaciones. Su pie sólo podía ser nombrado patón, el de la pata ancha-, la familia compartía su ocio y su negocio. Allá merodeamos alguna vez. Ahora, gracias a su hospitabilidad, disfrutamos un poco de aquel ocio en el septentrión del mundo. Pronto el azar, también lo quiso así, hallamos a Alma y la aparente angustia se difuminó. Divisamos la Catedral de Köln, constructo gótico que data de (falta referencia). Llegó a ser el pináculo del cosmos. Poco después algún ingenioso ingeniero, o un nuevo Eróstrato (falta referencia de arquitecto famoso) levantó un obelisco mayor y grabó su párrafos en los Anales. Pero ello es otra historia y debe ser contada en otro momento. En esta catedral admirados dos pórticos cerrados y una entrada principal, igualmente cerrada en la que, por obra del azar, un grupo de seis o siete personas (olvidamos detalles tales como el cómputo de feligreces) canta villancicos para el público y si éste escande calidez les regala la moneda de su elección. En la catedral de Köln la vista divisa una torre que, entre cálculos y memorias, supera la centena de metros. La catedral bordea la plaza de la Estación Central de Köln (Haupbhanhof: Hbf). Cerca un mercado navideño vende vituallas típicas. Allí, a la gesta de bienvenida, como lo hacen las comunas humanas en su precisión, Alma nos convida un vino caliente, Gluhwein. Vino tino adosamente cálido. El frío se describe como un continuo aire acondicionado. Como si el calor fuese tal que el mantener dicho aparato encendido simulara la sensatez. Otros cuerpos se helarían en estas latitudes. Soportamos el auspicio del tiempo.

Allí Luis, coprotagonista, ordena una salchicha típica y la consume sin añadidos. Alguien más pide un Backfish, pescado sofrito en aceite hirviendo, con cubierta crujiente, ornamentado con la salsa que nuestro paladar refiera. Se elige (aunque no por si sola) la mostaza con cítrico y, plácidamente, la repartidora entrega el portento. Engullésele (aunque no por si solo). Un ¡salud! en español –no en germánico- se escucha entre voces y risas (los lamentos acordaron descansar este día del señor). Alma entra en ambiente. Luis, coprotagonista, se une al vaho del festejo. La sobriedad se posa en otro de los comensales. Decididos a sentar descanso por hoy parten a casa. El recorrido basta para el poema. Todo es nuevo y ha de ser nombrado. Imágenes que aún no contemplaban los ojos de un grupo muy selecto, como en aquella campaña que Alejandro, el Grande, realizaba en esa India védica, región que compartía con el prehispánico territorio una característica notable: la rendición de favores a los excelsos, de otro modo llamados dioses, representaba tal importancia que, de no ejecutarla, el universo colapsaría. En la estación de trenes se notan inmediatamente las diferencias respecto a nuestro L.O. (Lugar de origen. Nota del editor ocioso: nos reclamarán ciertas voces la elección, quizá inapropiada, de tal sitio. Seamos parciales y evitemos los malentendidos. Referimos que todo lugar de origen ocasiona sucesiones y que, como padre y madre, hereda sus genealidades a los suyos.). Allí las estaciones carecen de imagen y todas se conocen a través de la letra. Los horadios de cada viaje, de igual modo, se miran en una tabla que contiene un vasto seriado. Quizá los nuestros, que aún no son devotos de la letra, perderían su destino aquí, entre signos no visuales. Propaganda aleatoria (¿qué hombre o qué mujer realizará el oficio del cambio de carteles?) decora las paredes del subterráneo (llamado Ubhan). Los trenes, sin embargo, se distancian por completo de los que conocemos. En estos transportes los asientos parecen más agradables a la vista y, sin duda, al tacto. Las agarraderas no comparten el calor de las masas que devotamente las tocan y depositan el sudor de sus extremidades, en especial las manos. Hay ventanas amplias y puertas que permiten una entrada calmada. Los graffitis parecen aletargarse en estos transportes. Pantallas electrónicas indican la estación inmediata. En una caja roja se deposita el pago del viajero. No obstante, la fiesta –este comentario bastó para un pequeño debate entre los protagonistas de The 38 Strings- no visita a estos trenes.

Acudamos a nuestros espectros (las imágenes que los otros tienen de nosotros mismos) y sin necesidad de prolegómenos esperemos la próxima entrada en el Cuerdorium.

jueves, diciembre 11, 2008

Técnica como circunstancia

Cualquier parecido con alguna obra de la realidad es mera coincidencia, afán de los productores ociosos de curiosidades que, sin el apoyo de patrocinadores mínimos -quizá inexistentes-, no podrían brindar a su querido público gozos acá, allá.



Nuestro productor, en aras de la amistad, apoyó la moción de nuestro devaneo. Incurrimos, así, en un hincapié. El destacar las intertextualidades de otros tiempos. ¿Qué es la intertextualidad? Toda referencia puede ser considerada como tal.
Observamos a los protagonistas de un futuro viaje hacia la posibilidad. Esta posibilidad enmarca cualquier devenir, ya no en el hado, que por lo general contempla a sus criaturas y fenómenos desde una óptica negativa, ni tampoco, por otro lado, desde la [P]providencia que conmina a los suyos a una bondad incomensurable, sino a través del presente,
un hic stans (estar aquí) que alude al seguimiento de los instantes. En pocas palabras significa este viaje el anhelo de un encuentro.
Para los curiosos que han vislumbrado esta minimalia recordarán que los dos actores principales en la película The Thirty Nine Steps son Robert Donat y Madelleine Carroll. Nuestro estimado productor, al que llamaremos Eduardo Espinosa (pero que ha optado por la codificación de su nombre, ensombreciéndolo como "E.E."), contribuyó a una mínima variante en la que observamos su destacada dirección en un filme inexistente. Que nosotros nos atri
buyamos las caractéristicas de Richard Hannay (Robert Donat) y Madelleine Caroll (Pamela) indica nuestro afán por el ceñimiento de lo singular. E.E., como creador de semblanzas humanas, ávidas en pulsiones pasionales, nos confiere credibilidad. Nosotros, como actores, lo transportamos a la gloria en un grupo muy selecto (al que podríamos llamar El Club del Ocio porque Stevenson ya eligió The Club of Suicidal para sí). Gozarán de prestigio aclamado. Las salas donde se proyecte el viaje -aún- inexistente estarán abiertas a todo público en horarios cómodos, recreos que permitan a las masas disfrutar entre la intriga y la minucia, cuando la sorpresa de los lugares inusitados los prive de su tedio y los conmine hacia el ansia.
¿Serán nuestros espectadores la organización macabra que planea el control de su país (México a través de su mente) o, no es que, cada uno de nosotros pertenece a ese misterioso séquito que piensa, de vez en vez, infringir la labor del asesino?

Acudamos a la imaginación y dignémosle un momento.





martes, diciembre 09, 2008

La entrada al Paisaje Por Venir

Iniciamos.
En preparación a un viaje lejano nos damos a la tarea de elaborar una bitácora que registre, si lo permite el azar, un núme
ro determinado de curiosidades.
Está en voga la Teoría de las Cuerdas en las voces de la cienci
a. Nos habla esta teoría que las dimensiones conocidas no son ya cuatro, como lo teníamos contemplado, sino once y que las partículas más pequeñas existentes ya no son los quarks sino las cuerdas. La teoría seduce: a través de un esquema de ecuménica proporción (un sistema que explique cualquier sistema) encaramos la posibilidad infinita.
Pudimos llanamente nombrar esta minimalia como Los 38 días o Las 38 noches pero como creemos que la pluralidad de nombres despertará acaso más gustos elegimos, por tanto, tal título.
Las coincidencias vibran, como las cuerdas. Hay una famosa película de Alfred Hitchcock llamada precisamente The Thirty Nine Steps basada en la novela de John Bucan. En ella se nos refiere cómo un sujeto apa
rentemente común ha de resolver un misterio en el que se ve envuelto sin escapatoria. Trama flotante en el suspenso, la película de Hitchcock es considerada su "obra maestra".

Un hombre siste a un anfiteatro concurrido en donde Mr. Memory o Señor Memoria presume responder cualquier pregunta. Una persona en el público, afanosa, cuestiona entonces si es capaz de saber cuándo se divorciará de su esposa o alguna simpleza similar. Mr. Memory sugiere al auditorio que realice preguntas serias. Se avivan las demandas y este hombre increíble, de elegante porte, responde puntualmente una a una. Observamos a un hombre, curioso en su serenidad, disfrutar el espectáculo cuando una mujer se le acerca y lo conmina a huir junto con ella. Unos disparos suceden la escena y el caos no se contiene más. Nace una chusma que lo confunde todo.
Y el hombre que hemos visto desde el principio, Richard Hannay (Robert Donat), protagonista, atiende a una agitada Annabelle Smith (Lucie Mannheim). Le ofrece hospedaje en su departamento. Accede. Allí ella necesita realizar una llamada pero pronto entra en la noción que está siendo espiada. Richard procura mantener la norma ante la paronia de su compañera y le asegura que la situación está bajo control. La mujer, por lo tanto, lo insta a que vea por la ventana: dos hombres aguardan en la calle, sentinelas a la espera de cualquier oportunidad. Le explica brevemente que una organización de enorme poder planea reordenar al país (Inglaterra) y que, de no evitarlo, caerá en manos muy ambiciosas para su propia envergadura.
Él se asombra. El teléfono suena varias veces. Nadie atiende a las súplicas del ring. Hannay convida a la mujer una merienda respetable y ambos deciden dormir para en la mañana ejercer el oficio del héroe.
Poco después Annabelle despierta a Richard de su letargo. Una daga cuelga de la espalda de la fémina. Ignoramos al asesin
o. Inferimos que la organización la buscó y ejecutó su ardid. Richard, más asombrado aún, intenta auxiliarla pero ella lo insta a que continúe la tarea de desenmascarar a la organización llamada The Thirty Nine Steps o Los 39 escalones. Escaso en pistas y dinero, conmocionado por haber presenciado la muerte tras el sueño, este astuto inquilino londinense habrá de encaminarse hacia la posibilidad.
He ahí el argumento del filme. Evitamos extender la narración de la trama. Cuando alguien cuenta una buena película sentimos que hemos perdido alg
o por no haberla visto nosotros mismos. Inferirán su próxima tarea en estas vacaciones (además de leer esta minimalia, si su curiosidad lo concede).
Ciertamente al ver la película por vez primera la curiosidad nos acompaña a todo instante. En particular la improvisación de un discurso formidable es lo que más destacamos del genial largometraje de Hitchcock. Hemos visto un par más de su repertorio fílmico y ninguna, aún, como ésta.

Así, por medio de singularidades dispersas que poco a poco anhelan el engarce, hallamos que el viaje a un lugar lejano constará de treinta y ocho días. La casualidad pudo haber obrado para ello. Que los editores del futuro se encarguen de tal labor, si acaso lo pretenden. Por otro lado, en la Teoría de las Cuerdas se habla de 11 dimensiones pero, así mismo, se habla de 26. La suma nos da, exactamente, un número menor a los 38 que el viaje abarcará. Vaya coincidencia, por demás, ociosa. De tal modo nació este repertorio de apuntes.

Por lo pronto.